El retorno a la ignorancia

Declaro en este momento querer pretender simular algún artículo, y como tal, prefiero empezar de la manera como empieza; y sí, a todos les encantan las categorías. Pero este no es el caso de las categorías; no voy a clasificar conductas, pero sí quiero señalar los efectos de una. No quiero hablar de casos difíciles, solo quiero hablar de cómo, sin darnos cuenta, aquello mismo de lo que quisimos huir, tarde o temprano vuelve a nosotros, cada vez con un rostro distinto y más engañador.
Simulando al artículo, si es el caso, seré considerado como ignorante, porque al parecer no conocía las cosas lo suficiente. Ha pasado tanto tiempo (y sí, la expresión se vuelve recurrente) desde que quise hacer alguna reflexión sobre mi conducta, y no es la primera vez que voy a fracasar en estudiarla. Por lo general, cuando intento tal cosa, me dedico más al "cómo", del "qué" me ocupo poco.
Yo no nací ayer, y aunque no parezca, suelo considerar con mucho cuidado la conducta humana. Por supuesto, soy yo el punto de partida, y de ahí que escriba sandeces como ésta, pero de lo demás ni se diga. Soy muy reflexivo, y aconsejo mucho cuidado. No quiero lucirme con algo que no logro dominar de pleno, yo mismo a veces no me entiendo, pero es precisamente eso lo que quiero considerar ahora.
Y es porque a veces pensamos que por fin hemos hallado un punto perfectamente plausible donde nuestras consideraciones tienen las puertas abiertas, y a pesar de todo, son producto de análisis y corrección; y aún así, nuestro criterio primordial para dar cuenta de la autonomía de nuestro propio pensamiento carece de criterio para pensarnos mejor. Ese es el extremo, y hoy me decepciono. Por muchas, muchísimas cosas siento lástima y desilusión, pero en especial, por caer por ignorante nuevamente.
No, no están en lo correcto, son solo una reflexión formal que, en la praxis, carecen de aplicación consecuente. Como todo, terminan siendo un accidente, un accidente fortuito y desastroso, de aquellas cosas que no parecen mostrarte mejor certeza que aquella de la que alguna vez dudaste. Nuevamente replanteas las cosas con base en un inevitable círculo que te hace cuestionar tus antiguos criterios, y considerar la verdad o falsedad de tus propias afirmaciones.
Las malas noticias son inferidas, y bienvenido otra vez a la ignorancia, de la que alguna vez quisiste escapar. Estas preso, y eres tú el mejor criterio; no ayuda mucho tal determinación, pero es la más viable en el mundo donde un caso te hace replantear todo el fundamento de tu justificación.
Insisto, no pretendo lucirme deduciendo la conducta propia o la de otros, solo que nuevamente incurrí en un error. Prometeré estar más pendiente de la plena capacidad de mi razón, y como siempre, a no llegar a considerar una conclusión como suficiente, o al menos convincente. No estableceré criterios, pero daré paso a consideraciones más plausibles, menos excluyentes, y aún más precavidas. Es todo por ahora.

Saber


Llevo mucho tiempo buscándote, y en pocas ocasiones he tenido la oportunidad de encontrarte. Desde que supe que te habías alejado, solo he pensado en el momento para poder acercarme. Muy poco he sabido sobre ti y tanto he pensado en ti, que puedo atreverme a decir que, irónicamente, eres aquello que pienso aunque no sepa qué es.

Mucho es mi esfuerzo por poder decirlo todo, debo confesar, y me rehúso a que aquella parte de mi pensamiento, que alguna vez supo decir las cosas con la belleza de la expresión, sea opacada por un cuidadoso uso del lenguaje y una precaución por saber presentar mis ideas. Insistiré que no debe ser de esa manera, aunque hasta ahora tal posición sea vana.

Es un discurso terrible y vergonzoso: tener que admitir que no te puedo decir lo que te quiero decir porque, aunque te lo logre decir, no te lo diga de la manera que quiero decírtelo, y tal vez el encanto que quiera provocarte termine escondido entre esas líneas que sólo aquellos rigurosos analistas del lenguaje pueden descifrar y, por esto mismo, tan solo ellos tengan la oportunidad de conmoverse, si acaso logro que así sea.

Siento como si hablara en otra lengua, una que ni yo mismo conocía, y que olvidé ese lenguaje que sería perfecto para poder decir las cosas de la manera que quiero alguna vez decírtelas. Y aún así, estoy dispuesto a hacer señas en mis palabras, para que al menos entiendas mis gestos, de llegar a verlos ¿Qué te puedo decir? No lo sé; como te he dicho, poco sé de ti, y hablarte sobre ti, sería hablar de lo que no sé; y aún así insisto en que tengo algo que decirte.

Como antes te conté, mucho te he pensado desde que te fuiste ¿Eso qué te dice? Quisiera saberlo, porque yo no lo sé; sólo sé que te he pensado aunque no sepa de ti, y que quizá sea esa la razón para querer saber aquello de lo que no sé. Pero un momento, hay más. A fin de cuentas hablo de ti, siendo tú y no alguien más ¿Te dice algo eso? Quisiera saber, porque a mí sí: al parecer tengo una noción sobre ti.

Una noción, como una intuición abrumadora, que me pide tener una mejor idea de ello, y elaborar un camino con axiomas, teoremas y deducciones para saberte mejor. Quizá sea eso, tan solo eso; pero es tan fuerte esa intuición que, aún después de tantos años, te pienso ¿Por qué es tan fuerte? Quisiera saberlo, y quisiera saber si tú lo sabes. Yo encuentro cosas, no sé si tú las halles, que no me dejan desprenderme aunque no quiera darles importancia. Y cada vez que dejo de pensarte, aparece algo que me induce a pensarte de nuevo.

¿Quiero pensarte? En realidad no me interesa, aunque nunca me ha molestado hacerlo, y en varias ocasiones me ha agradado. Tengo motivos para no pensarte, entre ellos pensar en mi mismo o pensar en un tercero. Pero aún así, de todos modos, termino por pensarte; como si, no teniendo más en qué pensar, te pienso a ti. Como si aquello en lo que no pienso en realidad seas tú que de alguna manera hayas terminado, como pensamiento, en la ausencia de pensar. Mi ausencia de pensar eres tú, y quizá por ello, siempre que no quiero pensar, termino pensándote.

No es fácil de explicarlo para mí. Has de cuenta un espacio previamente vacío en el que me gustaba estar, y donde en algún momento, teniéndote por ahí en otros espacios donde no quería dejarte, y al no poder sacarte de todo mi espacio, te puse en un espacio vacío por estar vacío, y así dejó de estarlo ¿Tantos vacíos? En realidad no, al parecer ya no hay vacío, a menos que me toque vaciar algo más para tener otro espacio vacío; pero por el momento no me interesa, porque mi espacio antiguamente vacío, ocupado por ti, no me incomoda.

Como ves, no he dicho nada y a la vez lo he dicho todo, puesto que nada sé de ti y eso es todo lo que sé. Aún así sigo pensándote, y aún así te busco desde que te alejaste, aunque no sé dónde te busco porque en realidad no lo hago, y a pesar de ello te he encontrado algunas veces ¿porqué te encuentro si no te busco? ¿Será que eres tú quien me encuentra? ¿Será que debo buscarte? Es muy fácil encontrarme, a diferencia de lo que me puede costar buscarte.

Cosas inesperadas en todo sentido


Escrito el 9 de junio de 2007.
Cuando ocurre lo impredecible reaccionamos impredeciblemente, puesto que lo impredecible no nos permite vaticinar los hechos y por ende tampoco nuestra reacción. Lo impredecible o lo inesperado termina por convertirse en un hecho de trascendencia curiosa y muchas veces relevante en nuestro diario vivir, razón por la cual aquello que no se espera en el momento que sucede llamará nuestra atención de alguna forma. La importancia de lo impredecible radica en eso, en que lo inesperado de lo sucedido nos hace interesarnos por el hecho, de forma tal que terminamos reconsiderando una y otra vez los eventos no esperados por nuestros sentidos.

Lo impredecible puede ser cualquier cosa, desde no esperar ver a alguien en cierto momento hasta incluso encontrarla en una situación trágica; igualmente lo inesperado se puede componer de distintos hechos triviales que al confluir en un momento y en un lugar determinado acaban convirtiéndose en situaciones irregulares para nuestra cotidianidad, motivo por el cual adquieren importancia en nuestras vidas. Los hechos no esperados se vuelven relevantes en la medida en que éstos de dan un grado de trascendencia a nuestra rutina (concebida en buen sentido), provocan una especie de emoción y se convierten en recuerdos para tener presentes en cualquier oportunidad.

Pueden ser trascendentales para nuestra vida, pueden cambiarla, pueden darle un giro significativo o puede que no, puede que simplemente sea un hecho corriente pero que nos provoca tal curiosidad que nos es inevitable pasarlo por alto y nos parece tan interesante que es imposible ignorarlo, de manera que cuando sucede llama mucho nuestra atención. Sin embargo esta atención e interés que podamos darle a éstas cosas inesperadas muchas veces son poco importantes para los demás, puede que para mí tengan trascendencia y puede que para alguien más no, sea o no sea testigo del evento.

Cuando ocurre un accidente puede que, dependiendo del momento y el lugar, alguien se percate de las grandes probabilidades de que suceda tal cosa antes de que ocurra, y por ésta simple razón la trascendencia de los hechos puede que no tenga mucha relevancia; esta percepción de lo que va a ocurrir puede surgir cuando ya estamos familiarizados con un evento similar o cuando por instinto nos logramos anticipar a las consecuencias. Sin embargo, puede que estos eventos si causen cierta impresión a quien los pueda predecir, ya que aunque podamos predecir lo que va a suceder no podemos predecir cómo va a suceder.
Cosas inesperadas en todo sentido, como todo lo incierto, que alguna vez fue y que será.

Inconcluso, como mucho de lo que escribo, producto de un encuentro muy inesperado.