¿Por qué es incómodo ser novio?


Intentaré contestar la pregunta de Asmodeo. Como soy yo el que considera que es incómodo serlo, pues lo diré. Aclaro, no puedo decir que a toda persona le sea incómodo, es probable que muchas de las cosas que diga sean razones más personales que generales, pero haré el esfuerzo de darles un carácter extensivo.El denominativo novio lleva consigo una relación con otra persona que adquiere una misma denominación (novia o novio). Esta relación, es producto de un afecto mutuo, o al menos eso. El noviazgo oficializa un acuerdo de sentimientos: usted siente algo por mí, yo siento algo por usted, por tanto, y para no sufrir la desdicha de no manifestar nuestros afectos, establezcamos una relación en donde tanto usted como yo expresemos nuestro querer. Este sentimiento, que puede provocarlo no se qué cosa, tiene implícito una especie de preocupación por el otro; en otras palabras, un interés porque esa persona no solo esté con nosotros, sino que también se interese por nosotros, e incluso que se encuentre bien.

Al oficializarse una relación, adquiere un carácter de obligación el tener ese sentimiento y se hace mayor el interés que se debe tener por esa persona; ya no será el “quiero gustarle” u otras cosas, también será “que se encuentre bien, que no le pase nada” etc. Se supone que el afecto es el que mantiene ese interés; sin embargo, una vez exista el noviazgo ¿ese interés será el mismo? Puesto que previo a la relación el interés era impulsado por solo ese afecto, una vez la relación, el interés será impulsado ya no solo por el afecto, sino por el hecho de mantener una relación en donde el interés por el otro debe ser fundamental y necesario, ya que es el sustento de la misma relación. Al ser necesario, si queremos que la relación funcione, debemos entonces mantener el interés.

La pregunta es ¿será que una vez establecido el noviazgo ese interés será el mismo? Puede que no ¿por qué? Porque una vez yo me relaciono, ya adquiero el compromiso de preocuparme por el otro, no solo por voluntad propia sino por la responsabilidad de mantener la relación, o sea por obligación con el noviazgo. Como ya no es solo porque quiero sino porque me toca, el interés será un deber fundado en un acuerdo, que es el que crea la relación. Uno puede optar por no mantener ese interés, pero la manera de no mantenerlo es no teniendo, a la vez, el afecto que lo mantiene, pues es el interés la muestra de tal afecto. Al no mantenerse ese afecto, el noviazgo pierde su sustento, que es el afecto mutuo, y en tal caso ya no tiene sentido mantener la relación.

¿Dónde está la incomodidad? Aunque muy discutible que sea, la incomodidad de ser novio radica en que, una vez establecida la relación, el carácter del afecto ya no solo es autónomo, sino que es forzado por el establecimiento del noviazgo. O sea, ya no queremos porque “queramos”, sino porque “nos toca”. Y en ese sentido, el afecto puede ser entendido de otra forma, ya como “algo que me toca”, es decir “soy novio no porque quiero a alguien que me quiere, sino porque tengo una relación con alguien (así esa relación implique el querer y ser querido)”. Ese “porque tengo una relación”, hace que la persona, en esa relación, tenga la responsabilidad de sentir algo por el otro, y lo mismo ocurre con la otra persona.

Esa responsabilidad, en el carácter de relación, adquiere una connotación de necesidad: es necesario que yo sienta algo por esa persona, porque es el sustento de mi relación. Como querer por querer no es lo mismo que querer porque tenemos que querer, y en la relación, por ser una relación, “toca querer”, el afecto que sentiremos por el otro ya no será autónomo, producto de un sentimiento propio, sino de un sentimiento que, además, necesita de la correspondencia de otra persona. Ahora, es maravilloso querer por querer, pero ¿querer por deber? No tanto, por más que también se quiera por querer.

Cualquiera me puede decir que la idea es que, aunque haya el deber, uno quiera de todas formas por querer. Pero el hecho de que ya no sea solo por querer, puede hacer que el afecto dado se vea distinto, al punto incluso de que sintamos en la calificación de “novios/novias” un título que otorga más una obligación, de querer así como se es querido, que la simple dicha de querer y ser querido. El deber permea al solo querer, y no lo hace tan bonito que el solo querer. Ahora, por lo menos a mi no me parece cómodo querer por deber, aunque admito, no hay mejor manera de querer. Por eso pienso que es incómodo ser novio, aunque no digo que “no recomiendo ser novio”, porque no encuentro mejor manera de querer que ser querido, saberlo y garantizarlo.

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Aquella voz

Lorena salía de la clínica en el mismo instante que un hombre entraba. El médico le había dicho que, ante las nauseas, tomara agua; pero tomaba mucha agua, y nunca le había parecido que algo así mitigara sus nauseas. La intoxicación de aquel día, en cambio, la había dejado deshidratada y por ello era la petición del médico. Salió; estaba pálida, nadie la acompañaba y en lo único que pensaba era en tomar el bus tan pronto como pudiera. No tenía alientos, sentía el estómago vacío, pero no podía comer; temía que al hacerlo tuviera nauseas de nuevo.
Caminó lentamente a la salida, en el mismo instante en que aquel hombre le explicaba a una vigilante porqué llegaba a urgencias y porqué lo que tenía era una urgencia. Solo se fijaría en su voz: pasó por su lado, siguió caminando, notó que le agradaba, se detuvo un momento e intentó ver, a través de un espejo retrovisor de un carro estacionado al lado de un andén, de dónde provenía tal voz, pero en ese mismo instante el hablante entraba a la clínica. Solo pudo ver que eso hacía, y sin más detalle, y al no poder ver más, siguió su camino.
Volteó una esquina y se dirigió hasta la avenida. Se hizo cerca de un puente peatonal esperando a que llegara su bus. Fueron diez minutos de espera; ella cruzaba sus brazos y a veces trataba de cobijarse con sus propias manos, pero no lo lograba, no había sido un buen día para no traer puesta más que una camisa y un pequeño suéter sin mangas. Éste cubría su tronco, la cuidaba del frío en su pecho, pero en los brazos también sentía, y había un fuerte viento que la helaba. Miró al frente, vio como una señora, de unos cincuenta años, tomaba el bus en dirección opuesta a su destino. Se fijó en su bolso y se preguntó a qué le recordaba su color beige.
Notó una modesta textura impresa en figuras cuadradas y un broche grueso y dorado que, con la luz del sol, brillaba tanto que alcanzaba a irritar sus ojos. La señora miró el bus, como si le ordenara detenerse en un afán por subir de una vez: “tal vez había esperado mucho tiempo” supuso, “aunque ese ceño fruncido no le ayuda, se ve muy malgeniada y yo, del conductor, no la dejaría subir al bus, por puro temor a que me trate mal, incluso, por solo evitarme la molestia de que me vea con esa cara”, dijo para sí.
Al momento llegó su ruta, se dio cuenta muy tarde y no se alcanzó a subir: “otra vez” exclamó; miró a lo lejos y notó que el cielo estaba invadido por la luz resplandeciente del sol, que iluminaba ese día que apenas iba por la mitad. En ese instante se dio cuenta que su atención se había desviado de su malestar y supuso que, poco a poco, se estaba mejorando. “Solo fue un susto” se dijo, “por un buen tiempo no comeré postres dudosos”.
Había sido un postre de natas del cual, por el antojo que tenía, prefirió omitir un disimulado sabor detrás de su dulzura. Sería un postre de esos que, años más tarde, llegaría aquel mismo hablante a comprar, justo cuando Lorena se encontraba allí, en una de las mesas del lugar, sola y tomándose un jugo, pues su compañía había ido al baño casi de afán. Mientras terminaba su bebida, con miras a partir una vez que quien la acompañaba saliera del baño, él entró al lugar, pidió un postre para ya y otro para llevar, argumentando un abrumador antojo que lo aquejaba en ese momento; habló con una suave y profunda voz, que más alta no sonaría tan grave.
A Lorena se le vino a la cabeza esa agradable voz que escuchó mientras salía de la clínica en esa ocasión; como no recordaba dónde la había escuchado, quedó intrigada viendo de quién era; se quedó mirándolo con toda su atención: sacando sus monedas para pagar sus postres, mostrando una sonrisa seguida de un entonado “muchas gracias” y dando la vuelta, con su cabeza baja y sus ojos tan abiertos admirando únicamente su reciente compra.
Éste abrió la puerta, y ella, al verlo salir, tuvo una intención desesperada de seguirlo, detenerlo y mirarlo de frente. Soltó de la emoción un movimiento en su pierna que fue seguido por un “¿nos vamos?” de su acompañante, que de lo inesperado y de lo desentendida que se encontraba de todo lo demás, la hizo saltar del susto.

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No le basta al mundo haberme puesto a sufrir de esta manera, con este dolor casi insuperable, esta tristeza escondida, esos recuerdos dan dañinos, esa depresión tan vana. No le basta a la vida con presentarme todo el desencanto de sí misma, con bajarme de la nube, con martillar mis ilusiones y destruir mis sentimientos. No, no le basta, ni al mundo ni a la vida. Yo no me dejo, yo decidí no dejarme, puse todas estas cosas contra la pared y les dije que de ahora en adelante el único que importaba era yo, y siendo yo el único importante en este tiempo de desdichas, únicamente me iba a preocupar por mí, que no iba a dejar que todas esas ideas siguieran torturándome, que iba a detener mis lágrimas, que iba a machacar mis recuerdos, con un único fin, estar bien. Y así ha sido desde que lo decidí, luego de tantos desencantos, luego de tantos tormentos.

Y me esforzado, y lo he hecho, con todas ganas que alguien pueda tener por algo, con toda mi voluntad; sentirme bien, no sé si feliz, pero al menos bien, estar contento en lo posible; no más tristezas, no más lágrimas y bienvenidas las sonrisas. Y lo intenté, puse a la razón en mi favor, admití las más desagradables conclusiones y me obligué a entender que el único que estaba sufriendo era yo y que estaba en mí dejar de hacerlo. Me forcé a crear un estado emocional donde me encontrara bien, donde mis intereses giraran en torno a todo lo que en verdad me importa; yo me importo, yo intereso, debo hacer todo lo posible para estar bien. Y ha sido difícil, es extraño querer hacerse bien a partir de argumentos de los que uno mismo se hace convencer. Pero fue la mejor opción que encontré. Me pedí a mi mismo que me salvara, y lo único que encontré para mi salvación fue mi propia fundamentación acerca de por qué debía ser salvado.

Todo esto ha sido una lucha que, hasta hoy, se ha mantenido. Una batalla en mi cabeza, por destruir lentamente las razones que me animaban a seguir así, a cambio de un posible que nunca fue siquiera eso; razones que estaban muy bien sustentadas, pero que, a su vez, cayeron con un solo argumento, mucho más fuerte. Triste para mí y todo, pero si quería estar bien, tenía que creer en eso y despreciar mis otras razones. Lo hice, por más desagradable que hubiera sido para mí, porque fue desagradable, triste, doloroso; decidí creerme eso, decidí entenderlo así y no de otra forma. Me convencí, y a partir de ahí empecé a crearme un mundo donde todo tendiera a mi bien. Incluso busqué ayuda, muy poca, pero la busqué. Me abstraje, me alejé del mundo que solo me mostraba lo peor de sí mismo. Y me mantuve encerrado, lejos de cualquier cosa que me causara tanto daño.

No puedo decir que hasta ahora he logrado lo que me proponía, creo que debo admitir que alcanzar ese estado de cosas tan deseado será imposible, en ese sentido puedo darme por vencido; pero no, por más inútil que haya sido esa búsqueda por ese estado, algo he logrado con eso y es estar mejor, no plenamente bien, pero sí mejor de lo que estaba, he conseguido eso y espero conseguir más de eso, no todo lo que deseo, pero sí gran parte; así que ningún vencido, más bien vencedor, endeble vencedor, pero no vencido. Contra cualquiera que se encantaba diciendo que mi plan no iba a funcionar, quitándome los ánimos por optar por ese camino al bien, déjenme decirles que no he perdido mi tiempo y que la mejor prueba de ello es estar mejor, no plenamente bien como deseo, pero sí mejor; a ver, díganme ¿dónde quedan sus malos pronósticos frente a mis resultados? No he alcanzado el bienestar, lo sé, pero me he acercado, y es mucho al menos frente a lo que puedo decir de ustedes.

Sin embargo, y como lo dije al principio, parece que no basta. Todo ese esfuerzo no alcanza a ser suficiente, y me da rabia porque siento que hay algo por ahí en el universo, determinado por quién sabe qué cosas, que insiste en mantener de alguna forma mi estado de malestar. Porque no le basta con verme deprimido, destruido, emocionalmente desgastado y seco por tantas lágrimas; parece, en cambio, que considera que es necesario que yo no me encuentre bien. Y así, se mete con mi salud. Desde que decidí estar bien, me la he pasado enfermo, diversos factores ajenos a mi voluntad han hecho que me mi mal se prolongue y no me cure con facilidad; una y otra vez he caído en cama, y esto parece no querer terminar porque según noto, actualmente algo nuevamente no anda bien en mi organismo. Así, con todos mis alientos puestos en alcanzar un bienestar, me ha tocado sacar fuerzas desde lo más recóndito de mi ser para poder aguantarme todo esto.

Han sido días y noches en cama, constantes visitas a la clínica, pastillas cuantas me puedan formular, un eterno padecer que me avisa que no quiere acabarse. Yo no entiendo, si no he hecho algo tan malo para que, incluso, me merezca esto. Es más, por querer evitarme el riesgo de seguir así, me he cuidado; son pocas las salidas, son pocos los descuidos. Siempre ando alerta y con precaución, anhelando llegar a mi casa, el lugar donde me encuentro más seguro. Pero parece que tantos cuidados no son suficientes y que debo andar en una burbuja, que no sólo me aleje de agentes patógenos sino que me aísle también de agentes afectivos, porque hasta donde he notado ambas cosas me hacen daño. Busco bienestar, de todo tipo, y no me parece justo (¿justo?) tener que padecer males cuando la depresión está al acecho. No sé qué te buscas universo, pero dame algo de ayuda ¿cuál es tu cosa con quererme ver sufrir? No despliegues sobre mí malestar tras malestar, no de esa manera al menos, porque me estoy cansando y no sé hasta cuando pueda resistir.